Ignaz Semmelweis, el doctor que salvó vidas con tres palabras: lávese las manos

El entorno hospitalario no siempre fue como lo conocemos. Science Stories de la BBC relata que hubo un tiempo en el que todo apestaba a orina, vómito y otros fluidos corporales, y que los propios médicos despedían un olor peculiar, el “tradicional hedor hospitalario”.

Tres simples palabras para la salud: "lávese las manos".
Tres simples palabras para la salud: “lávese las manos”.
Aquellas condiciones eran caldo de cultivo perfecto para las infecciones y las tasas de mortalidad eran de tres a cinco veces mayores que en los entornos domésticos. En medio de esa realidad, un hombre intentó aplicar la ciencia para detener la propagación de los gérmenes pese a  ser tachado de loco y enfermo por sus colegas, su nombre era Ignaz Semmelweis.

De origen húngaro, llegó a ser conocido como el “Salvador de las Madres” luego de buscar la explicación científica a la fiebre puerperal y encontrar que ésta era causada por “material infeccioso” de un cadáver. Luego del hallazgo, mandó instalar una cuenca llena de solución de agua clorada en un hospital de Viena y comenzó a salvar vidas de mujeres con tres simples palabras: “lávese las manos”. Todos aquellos que pasaban de la sala de disección a las salas de parto tenían que usar esta solución antiséptica antes de atender a las madres.

¿El resultado? La tasa de mortalidad en la sala de estudiantes de medicina —que era tres veces mayor que la de la sala de parteras — se desplomó, en abril de 1847 era de 18.3% y después de un mes del obligado lavado de manos, cayó a poco más del 2%.

Pese a que el sencillo acto de lavarse las manos propuesto por Semmelweis salvó la vida de muchas madres durante ese periodo, no pudo convencer a todos sus colegas de su teoría. El mundo no tenía los conocimientos que ahora poseemos sobre los gérmenes y recibió terribles críticas que lo llevaron a adoptar un comportamiento errático, combinado con depresión severa y el tema de la fiebre puerperal en todas y cada una de sus conversaciones. Los días de este brillante médico terminaron confinado en una celda oscura en un asilo de locos en Viena, golpeado y con camisa de fuerza. A los 47 años perdió la vida a consecuencia de una herida en su mano derecha que se gangrenó.

Semmelweis no jugó un papel importante en ninguna teoría sobre gérmenes porque el mundo no estaba preparado para entenderlo. Una de las últimas cosas que escribió fue: “Cuando reviso el pasado, sólo puedo disipar la tristeza que me invade imaginando ese futuro feliz en el que la infección será desterrada… La convicción de que ese momento tiene que llegar inevitablemente tarde o temprano alegrará mi hora de morir“.

 

Con información de Tamiz informativo de AMIIF .

 

Image courtesy of Cortesía

Related posts