¡Yo te escucho, tú escúchame!

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Comunicación asertiva

Es jueves, es septiembre, es medio día. Hace un día templado y hermoso, claro, limpio; está tranquilo y sólo se escucha el cantar de los pájaros. Así me siento, clara, tranquila, hermosa; me siento como de domingo, de pies a cabeza.

De pronto aquí sentada, sola y acompañada por “mí misma” a la vez, hago un recuento un tanto apresurado de la vida, de los años que he vivido dentro y fuera de mí, digo dentro y fuera porque es verdad han pasado muchos años que he estado fuera de mí, – quiero decir como pendiente de otros asuntos, no un tanto desconectada, ¿eh?- mi mente y mi corazón han estado muy de visita en muchas otras vidas con un sin fin de personas que, queriendo o no, me invitan a su mundo, pero también he sido una buena anfitriona porque cuando me han buscado o me han llamado con un desesperado grito de “auxilio”, ahí aparezco, con los ojos bien atentos, el corazón abierto y las orejas sin nada de jabón.

Por eso agradezco al tiempo y al espacio el ponerme ahí, el tener la oportunidad, el sentirme dispuesta y disponible para formar parte de ese pedacito de circunstancia de alguien que me comparte su momento de vida.

Es magnífico estar ahí, en el preciso momento para ayudar, aconsejar o escuchar, como si hubiéramos recibido una invitación con los datos precisos, el lugar y la hora exacta para llegar al rescate de alguien como los invitados más importantes, más confortables y más apapachadores nunca vistos. Sin embargo, me queda un sentimiento medio raro cuando escucho a este o al otro, a fulana o zutano, me doy cuenta que todos tienen pedacitos de lo que yo también siento, de lo que también he vivido, de mis propias historias y broncas, de mis alegrías que no han sido robadas de un cuento, ni inventadas sino creadas por mí, por ese ser llamado “ mí misma “; es entonces cuando me siento y digo: “ Caray mí misma qué bueno que todavía estás , que no te has ido aunque yo he andado fuera un rato ocupada en otras vidas, ¡ uf! qué alivio sentirte de nuevo “.

De todos modos siento un poco de nostalgia, de penita en el corazón porque me doy cuenta que en mi vida, en mi momento rara vez encuentro a alguien que haya recibido la invitación para llegar a tiempo y sin tropiezos a mi fiesta de vida. Rara vez me preguntan acerca de mí, de cómo voy. Pienso que a veces como seres humanos nos volvemos un tanto egoístas y sólo queremos que nos escuchen y nos ayuden cuando lo necesitamos, pero, ¿realmente estamos al tanto de los demás?, ¿estamos conectados con los otros “yos”, y preguntamos, apoyamos o damos continuidad a sus asuntos?

La verdad muy pocos lo hacen y casi nadie lo practica como una especie de rutina diaria que te acerca a la gente que te rodea y que te provoca un bienestar físico, mental y espiritual. Hacerlo es como estar en completo equilibrio y mantener la línea de armonía que desemboca en un estado de buena forma contigo y el otro.

Sería muy bueno que todos lo ejercitáramos, es decir: yo te escucho y tú me escuchas, yo te ayudo y tú me ayudas, yo te abrazo y tú me abrazas, yo discuto y tú me haces entrar en razón, yo lloro y tú me consuelas, yo río y tú …. también. Algo así en la vida sería maravilloso, sin egoísmos, compartiendo, como en una vereda de ida y vuelta, como en una montaña de subida y bajada, como en un aeropuerto de entrada y salida, como en 24 horas de día y de noche, así de armónico …. y viceversa.

Lo malo es que se nos olvida que todo está conformado de dos partes, de complementos y cuando nos sentimos satisfechos y tranquilos sólo decimos: “bueno, sale gracias, estamos en contacto” y de nuestra boca un escalofriante adiós es lo único que se oye. Y la otra persona que ya se chutó lo tuyo, que ya te escuchó, ¿te preocupaste por saber cómo está?, ¿qué pasa en su vida por esos días? No verdad, ¡ah! yo tengo razón somos egoístas.

Pues no, no lo hagas por que esa otra persona se siente vacía, triste y con una sensación de sólo haber sido usada. Si es sólo para que te escuchen o te orienten y te levanten ¡ve a terapia! – dijera mi madre -, si no, no le hagas eso a un ser que quieres, no es agradable ni muy elegante que digamos.

El tiempo y el acelere diario nos hace olvidar algunas palabritas mágicas y muy efectivas que yo siempre traigo en una bolsita roja que me acompaña a todas partes, y cuando digo a todas, es a todas, hasta cuando me baño o me echo una siesta:

A – atención, armonía, ayuda….

M – motivar, mimar, maravillarse….

O – oír, ocuparse, orientar….

R – retroalimentar, reír, resolver….

Cuando aprendemos a compartir el bienestar realmente es una experiencia única. El pensar en que lo que tú necesitas hoy para sentirte bien, tal vez es lo mismo que necesita tu hijo, tu pareja, tu papá, tu compañero de trabajo o un amigo.

Ocuparse de los demás es algo de verdad muy lindo, hacer sentir bien a alguien y demostrar interés no tiene precio. Estar al tanto de tus problemas, de tu trabajo, de tu pareja, tus hijos, de la renta, del gas, de las tarjetas y el teléfono es indispensable porque es necesario para que funcione esta vida tan agitada, pero créeme que estar al pendiente de los demás en cuanto a sus sentimientos y sus propias preocupaciones personales es mucho más reconfortante que una caja de chocolates en plena tarde de depresión.

Necesariamente hay que equilibrar, darnos tiempo a nosotros para escucharnos y ver cómo andamos, y así cuando alguien nos busque también estar ahí al pie del cañón para poder ayudar y – porqué no – acariciar la idea de que ellos también nos aprendan a escuchar a nosotros y pedirles ese tiempo para interesarse por lo nuestro que por derecho nos corresponde, ¿no lo creen?

Si esto se lo dijera a mi padre él me diría: “Ah sí claro, yo no le voy a andar contando a nadie mis cosas y menos aguantar sus rollos, ya con lo mío tengo”. Afortunadamente esta idea no es de todos, sólo la atesoran los seres extraños y temerosos como mi padre que pese a todo, a decir verdad, hoy por hoy ya lo practica y con muy buenos resultados. –conste que lo afirma él, no yo -.

Es un deber y un privilegio el estar con nuestro “mí mismo “el mayor tiempo posible y estar con los demás por igual. Los otros “yos “también necesitan de nuestro interés y nuestro afecto. El dar ese espacio y asumir la importancia de los sentimientos, emociones y situaciones de los que nos rodean al igual que los nuestros nos mantiene con un excelente nivel de autoestima pues el sentir que te importas a ti mismo, que le importas a los demás y que los demás te importan, más que un juego de palabras es un ESTILO DE VIDA que por mucho te da todo para sentirte muy saludable, muy completo, con mucha energía, radiante, tranquilo, seguro y con un montón de razones más para vivir tu día a día lleno de armonía.

*Amparo Almela. Terapeuta

Correo electrónico: 67ampy[arroba]gmail[punto]com

Teléfono: 52 08 23 44

Celular: 044 55 19 19 05 28

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