La difícil tarea de confiar

¿Eres de las personas que cuentan su vida a cualquiera?, ¿alguna vez te has sentido traicionada por alguien a quien depositaste tu confianza?, ¿sigues creyendo en las promesas del hombre que amas aunque nunca las ha cumplido?, ¿continuas confiando en que él algún día deje de beber, drogarse, ser infiel… no obstante, no haya trazas de un cambio de actitud?, ¿creciste en un hogar disfuncional donde nunca se cumplió lo que te dijeron que se cumpliría? Todas estas situaciones tienen que ver con la confianza.

La mano de una mujer alcanzando la mano de un hombre al fondo un cielo nublado
La esperanza es el estado de ánimo en el que se cree que aquello que uno desea será posible
La palabra confiar es esperar con firmeza que algo suceda. Cuando eso que queremos nunca pasa (que alguien que no me quiera, me quiera, que alguien deje una adicción, que nuestros padres dejen de pelear…) nos sentimos defraudados. Dejamos de confiar en lo que queremos, en nosotros mismos y en los demás. Tal vez te ha tocado ser la protagonista de un chisme de oficina por algo que contaste a alguien inadecuado. ¿Alguien subió a la red una foto tuya un tanto comprometedora cuando se acordó no hacerlo? ¿Amas a alguien en quien no puedes confiar, porque te ha llenado de mentiras e incertidumbre? Han violado tu confianza.

Ante estos hechos nos podemos volver desconfiados, callados, taciturnos, miedosos. Cerramos nuestro corazón. La confianza (un valor de nuestro diario vivir) quedó hecha trizas. Pero, dado que está presente en nosotros (despertamos confiando en que esa noche dormiremos tranquilos), no podemos borrarla.

La lección número uno es ver y aceptar la realidad tal como es (que él bebe y lo seguirá haciendo contigo o sin ti; que tu supuesta amiga es muy chismosa, o que a X no le interesa tu vida…). La lección número dos es aprender a confiar en nosotros mismos. ¿Cómo? Cuidándonos. Tratándonos con cariño y esmero.

Nos tratamos bien físicamente, pero también podemos empezar a ver como estamos por dentro y confiar en lo que nuestro cuerpo, mente y espíritu nos dicen. Confiamos en nuestro instinto, en lo que queremos, sentimos, percibimos, intuimos. Confiamos en nuestra vida, en nuestras circunstancias.

Podemos confiar aún en tiempos difíciles, si confiamos en que esos tiempos, nos están fortaleciendo y dando lecciones espirituales. Podemos confiar en que, aunque muchas veces no entendemos por qué nos pasa lo que nos está pasando, ni sabemos a donde vamos, hay un Plan Divino para nosotros que si lo sabe. Entonces confiamos en ello (aunque sea sólo por hoy). Conforme hacemos este “ejercicio” podemos empezar a ser confiados y abiertos con la gente apropiada. Decimos algo tal vez intrascendente a alguien, si nos sentimos bien con ese alguien, podemos poco a poco a empezar a decir más cosas de nosotros mismos. Si en algún momento, ya no nos sentimos bien, podemos dar media vuelta.

La esperanza es el estado de ánimo en el que se cree que aquello que uno desea será posible. Es sinónimo de confianza, aunque también es una virtud teologal. Cuando nos encontramos en medio de una situación muy difícil y dolorosa, nos aferramos a la esperanza, para no caer en una profunda depresión. La esperanza nos da ánimos y tranquilidad frente a nuestra circunstancia. Si la perdemos, nos perdemos también nosotros. Confiamos en que nuestro problema se resolverá, en que las cosas mejorarán o en que aprenderemos a vivir bien a pesar de nuestra situación.

La confianza también se gana con nuestras actitudes. ¿Eres digna de confianza?, ¿cómo actúas cuando alguien te cuenta algo?, ¿cómo te sientes? ¿qué piensas?, ¿cómo reaccionas cuando un superior te da algún cargo importante por qué confía en ti?, ¿cómo crees que te has ganado la confianza de otros?, ¿cómo aplicas la confianza en tu diario vivir?

Imagen cortesía de friday


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Escrito por

Humanista y facilitadora en Desarrollo Humano

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