Viviendo un amor en el trabajo…

Es difícil emitir un juicio de valor acerca de si entablar una relación amorosa con un compañero o compañera de trabajo es algo bueno o malo. Cada caso es diferente; las expectativas con respecto a qué tipo de pareja buscamos –tanto consciente como inconscientemente- son distintas y varían de persona a persona.

Asimismo, la dinámica de cada pareja en particular difiere una de la otra, e incluso, la manera en que funciona una misma pareja en distintos momentos o etapas de la vida varía, ya que los desafíos y conflictos específicos van cambiando a lo largo del tiempo. Sin embargo, nos llama la atención que existe el dicho popular de que no es sano ”mezclar placer con trabajo”, pero también es cierto que las relaciones amorosas entre colegas se dan con bastante frecuencia, a pesar de las supuestas “prohibiciones”.

La primera razón que me viene a la mente, y quizás la más obvia, es que los adultos dedicamos gran parte de nuestra vida –y energía- al trabajo. Las posibilidades de conocer a alguien que nos guste y con quien, además, compartamos intereses dentro de nuestra actividad laboral son amplias. La necesidad de la convivencia se da por sentada, incluso para los más penosos. La otra, menos obvia, es que quizás su carácter de “prohibido”, lo haga, a su vez, estimulante.

Lo cierto es que, en términos de lograr una relación sana y satisfactoria, mucho va a depender de la comunicación y compatibilidad de la pareja, misma que, en un sentido más amplio, tiene que ver con nuestra capacidad de mirar al otro –pareja- como una persona integral (con virtudes y defectos) y no como el satisfactor de un cúmulo de necesidades egoístas.

¿Por qué la “prohibición” de las relaciones en el trabajo? Quizás porque suponen una dificultad especial; al juntar dos áreas importantes en la vida de un individuo, si existe conflicto en una de ellas, es probable arrastrar el problema hacia el otro. Es decir, si tengo un problema en mi vida sentimental, es posible que tampoco pueda disfrutar o sentirme productivo en el trabajo o viceversa. De ahí que se aconseje separar dichas áreas.

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Esto es algo común en las parejas que, además de trabajar, viven juntas y pasan mucho tiempo el uno al lado del otro. La solución consistiría en mantener una buena comunicación que permita delimitar y no mezclar los problemas personales con los laborales. Sin embargo, todos sabemos que muchas veces, aunque exista interés y disposición, resulta difícil poner las cosas en palabras y expresarlas, y gran parte de los gestos y situaciones que suceden al interior de una relación de pareja escapan al lenguaje.

Otra complicación común que refieren las personas que se han involucrado sentimentalmente con un compañero o compañera del trabajo, es el manejo que deben hacer de la relación –o información con respecto a ella- para no generar incomodidad en el espacio laboral, ya que la competencia profesional, que, en muchas ocasiones, promueve, el resto de la oficina, despacho o taller puede tener una “opinión” no muy cordial al respecto. Asimismo, hablando de competencia, debemos considerar que muchas veces -en casi todas las parejas – hay aspectos en los que se compite; en este sentido, hay que ser muy cuidadosos, al interior de la relación, de no confundir la dinámica del trabajo con la dinámica de la casa.

Por lo general, cuando pensamos en tener un amor en el trabajo intuimos que son más los contras que los ‘pros’. Sin embargo, quisiera aprovechar esta reflexión para mencionar una razón, no necesariamente explícita, que si lo abordamos desde el psicoanálisis explicaría dicha “prohibición”, y que si la entendemos nos permitirá tener un mejor manejo de la relación al conocer un poco más lo que está en juego.

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Desde la perspectiva psicoanalítica “somos quienes somos”; adquirimos nuestra identidad y manera de ser, a partir de las diferentes relaciones que establecimos con nuestros objetos primarios (padre, madre, hermanos, o figuras cercanas significativas afectivamente y que son parte de nuestra vida de manera dada –sin que nosotros los busquemos). De entre todas las cosas que de ellos aprendemos, algunas de las más importantes son la de amar y ser amados, y a valernos por nosotros mismos para sobrevivir. Este aprendizaje es aplicado en situaciones posteriores y en momentos de nuestra vida que, desde una perspectiva meramente biológica, tienen como finalidad la supervivencia de la especie.

Decir que todo el quehacer humano tiene como última finalidad la supervivencia de la especie es un tanto triste. Cuando nos involucramos en alguna actividad, lo hacemos porque buscamos disfrutar, sentir placer y vivir más plenamente. Sin embargo, las frustraciones son inevitables y aunque nos dejen una huella o marca, configuran nuestra personalidad y son necesarias para crecer y desarrollarnos.

Si bien es cierto que “amar y ser amados” es algo que aprendemos en el seno familiar, existe una prohibición (la prohibición del incesto) que nos obliga, a pesar de nuestra frustración, a relacionarnos con más personas y abrirnos creativamente al mundo, pudiendo, a la larga, disfrutar más. Dicha prohibición sería pues, el punto de partida para tener eventualmente cualquier tipo de relación, incluidas las relaciones de pareja y, por consiguiente, los amores en el trabajo.

No es de extrañar que al elegir una pareja, anhelemos (a veces conscientemente y otras muchas de manera inconsciente) aspectos de nuestras relaciones primarias; es decir, buscamos satisfacer dichos deseos incestuosos reprimidos que, en los casos sanos de desarrollo, se convierten en (o se expresan como) la búsqueda de reconocimiento, guía y apapacho.

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El problema que encaramos en cualquier relación, ya sea o no con un compañero de trabajo, es que al no hacer conscientes dichos anhelos estemos reeditando y reviviendo con nuestras parejas actuales afectos (deseos, enojos, envidias, amores, culpas) del pasado –hacia nuestros padres y hermanos-, que, por definición, nunca serán satisfechos o descargados.

Esto tendrá como consecuencia una frustración perenne e innecesaria y un sentimiento de que algo no está siendo congruente ni espontáneo (por lo general, es más fácil identificar cuando el otro proyecta desplazando un conflicto suyo en nosotros, que cuando somos nosotros quienes lo hacemos).

Lo que sucede es que el espacio laboral se vuelve así un escenario prolifero para nuestras proyecciones; depositamos en el exterior o en los demás algo que proviene de nuestra realidad interna. Al existir un ambiente jerárquico en el ejercicio del poder (jefe-empleado), transferir inconscientemente nuestras emociones del interior de la familia al interior de la oficina es algo que se da más fácilmente; es fácil relacionar a nuestro padre con nuestro jefe o nuestro hermano con un colega.

De esta manera, la prohibición de las relaciones amorosas dentro del trabajo radica en que, al relacionarnos con un jefe o colega, tenemos que tener cuidado de no estar buscando en última instancia transgredir la prohibición del incesto con un padre o un hermano, y terminar sometiéndonos o sometiendo a la pareja a una reedición de nuestra vida afectiva, buscando cosas o anhelos donde, en realidad, no las hay, y haciendo que prevalezca una sensación de insatisfacción. Desde mi punto de vista, ésta podría ser la prohibición no explícita a tener un amor en el trabajo.




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