Síndrome del nido vacío

Cuando pienso en un nido vacío, siento tristeza. Un nido es algo tan cálido y seguro, que su objetivo es, precisamente, estar lleno. Así sucede con el hogar. Nuestro hogar fue concebido para estar lleno de amor, de nosotros y de nuestros hijos. Pero, como todo lo demás en la vida, las familias cambian, se transforman todo el tiempo. Y es indispensable que tengamos esto en mente siempre. Porque si esperamos que nuestro nido esté siempre repleto y, en ello basamos nuestra felicidad y sentido de la vida, estamos preparando el terreno de nuestra desdicha futura, al desarrollar una relación de dependencia con ello.

Nuestra felicidad no puede depender de nuestra relación con los hijos, ni de la relación con nadie, en última instancia. El sentido que le demos a nuestra vida, debe estar basado en nosotras mismas, en aquello que somos capaces de brindarnos, tanto espiritual, emocional como materialmente. Y eso es algo que deberíamos haber aprendido desde niñas o, por lo menos, que debemos enseñar a nuestras hijas. De otra forma, es muy fácil que desarrollemos una posible adicción a nuestros hijos. Esa es la manera en que terminamos teniéndole fobia a nuestra propia compañía, y llamándola ‘soledad’.

Es verdad que con la llegada de la maternidad solemos desplazar nuestras prioridades, para hacernos cargo del bebé. Todo el mundo aplaude que nos pongamos en segundo término para dar prioridad a las necesidades de los hijos. Es totalmente comprensible, casi de esperarse, que abandonemos nuestro trabajo (si estamos en posibilidades de hacerlo porque contamos con el apoyo del padre del niño), nuestra carrera, nuestras aspiraciones profesionales, y hasta nuestros intereses personales, en aras de dedicarnos a los hijos “de tiempo completo”.

Y con ello, perdemos el sentido de nuestra vida. Claro, adoptamos un nuevo sentido, los hijos. Pero esto es justo lo que tenemos que tener claro: los hijos no pueden ser nuestros sentido de la vida, porque todos los hijos, se van, es lo sano y lo deseable.

Como padres debemos comprender que, si bien tenemos la responsabilidad de hacernos cargo de los niños, de educarlos, de ser un buen ejemplo, de inculcarles espiritualidad, de alimentarlos bien, de darles la mejor calidad de vida posible, no podemos abandonarnos a nosotros mismos en aras de darles todo esto a los hijos. Nuestra vida tenía un sentido antes de los niños, y debe seguir teniéndolo después. Por sanidad para todos, y especialmente, ¡por una misma! porque si nosotras estamos bien, nuestros hijos también lo están.

Y es muy importante que no abandonemos nunca la misión de estar bien. Que, aún cuando tengamos hijos, no nos olvidemos de seguir cultivando nuestro campo personal, de sembrar las semillas necesarias para seguir enriqueciendo nuestras vidas en todos los ámbitos, además del de la maternidad. De manera tal que, cuando los niños dejen de serlo y vuelen fuera del hogar, nos quede todavía en la mesa un libro que leer o que escribir, una aventura que intentar, viajes por realizar, metas que alcanzar, sueños por cumplir.

¿No añoramos muchas veces una tarde entera para nosotras, para leer sin interrupciones, o darnos un baño de tina a la luz de las velas, o ir al cine y no ver una película infantil o, simplemente para dormir?

Así que la próxima vez que vea un nido vacío, no me voy a poner triste. Voy a pensar que tal vez la pareja de aves dueña de ese nido, habiendo por fin logrado su cometido de criar pichones valientes e independientes, por fin salieron juntos y sin niños, a volar…



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