Si te quiere no te hará llorar

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[/media-credit] Relaciones violentas
Luisa le tiene miedo a su pareja, Armando. Él la amenaza, le grita, la empuja, la insulta en privado y en público, la cela de manera enfermiza, le prohíbe tener amigos y usar ciertas prendas de vestir. Alguna vez la ha golpeado, estaba borracho y dice que no se acuerda. Pero le pidió perdón, la llenó de regalos y le prometió no hacerlo de nuevo.

Dicen Belenky y Clinchy, en Women’s Ways of Knowing, que los antecedentes comunes de las mujeres que se someten a una relación violenta son: un hogar de origen violento y jerárquico (machista), en el que expresar los sentimientos o compartir los problemas es mal visto, en donde el silencio es lo esperado. Cada quien resuelve lo propio como puede.

No es de extrañar que las dos terceras partes de las personas a las que han tratado de forzar o que han forzado a tener relaciones sexuales, experimenten la agresión en su propia casa.

Una mujer que ha vivido en un entorno familiar así, puede no tener idea de que existen alternativas, de que no tiene por qué quedarse ahí, de que puede recibir ayuda y protección, y por supuesto, desconoce que se tiene a sí misma, que tiene su propio poder, su valía por el mero hecho de existir, su capacidad de amarse incondicionalmente.

Hablar de la violencia en el noviazgo es hablar del extremo mayor en el espectro de la codependencia. Esta suele ser la razón principal de una mujer que soporta eternamente la violencia intrafamiliar. Sus pretextos más comunes para quedarse son: lo hago por mis hijos; él no es malo, lo que pasa es que yo lo provoco; si lo dejo de qué vivo; me da miedo estar sola; me ha amenazado a mí y a mi familia si lo dejo o lo denuncio.

Pero en el caso de una joven que sufre el maltrato de su novio, esos pretextos, salvo los dos últimos, son inoperantes. Me la pasé días cavilando sobre esto…. ¿qué hace a una joven permanecer en una relación violenta cuando ni siquiera depende de él económicamente, ni tiene hijos que criar por su cuenta? Codependencia, por supuesto, es el origen del problema. Pero qué hay de los pretextos que ella se pone: miedo a la soledad, miedo a las represalias, miedo a que nadie más la quiera porque ya perdió la virginidad.

La violencia mina la autoestima, la confianza en los propios pensamientos y la capacidad para tomar decisiones. Invalida en muchos sentidos, y ahonda el silencio.

Según la Organización Mundial de la Salud, tres de cada diez adolescentes denuncian que tienen violencia en el noviazgo. En México, de acuerdo a los datos arrojados por la “Encuesta Nacional de Violencia en las Relaciones de Noviazgo, 76% de 7 millones de jóvenes —hombres y mujeres de entre 15 y 24 años— ha padecido violencia psicológica por parte de su pareja; 15% ha enfrentado agresiones físicas, y 16.5% violencia sexual.”

Es importante notar que no sólo las mujeres son víctimas de relaciones violentas. De acuerdo a esta misma encuesta, 61.4% de mujeres y 46% de hombres aceptaron padecer este fenómeno.

El problema más grave de una relación de noviazgo violenta es que perpetúa la conducta y los escenarios que otros jóvenes ven una y otra vez hasta convertirse en algo normal. Y eventualmente, conlleva a una familia disfuncional, en la que la violencia se recrudece.

Leonor es un claro ejemplo de ello. Aunque cuando ella y Rodrigo eran novios la violencia no era tan evidente, a la distancia ella lo reconoce. La tendencia que él tenía a burlarse cuando se enojaba; su costumbre de llamarla por apodos desagradables; el control que ejercía sobre sus amistades, la fueron aislando poco a poco. El tenía un problema de alcoholismo y ella de codependencia. Se volvió cada vez más, taciturna y solitaria. Todo lo callaba. Aunque a menudo la hacía sufrir, tenía la convicción de que si lo dejaba, él se iba a morir, y sentía la necesidad de salvarlo. Eso lo haría amarla.

Encontraba justificaciones para su conducta: no es que sea violento, es que tiene muchos problemas y está estresado, pero va a cambiar. Pese a que ella entonces era una mujer joven, ya era autosuficiente, pero tenía la autoestima muy lastimada. Estaba segura de que él era su última oportunidad en la vida.

Entonces vino el embarazo no planeado, la boda apresurada y el cambio radical, pero para mal. La violencia de él se exacerbó. Leonor descubrió que Rodrigo no sólo era alcohólico sino adicto a la cocaína. Su intolerancia hacia ella se hizo más y más evidente, hasta que finalmente comenzó a maltratarla físicamente, incluso estando embarazada.

Cuando nació su hijo, ella se dio cuenta de que tenía que irse de su lado, porque sus arranques eran cada vez peores: rompía puertas con el puño, acuchillaba paredes, le abría las llaves del gas. Pero también la amenazaba con quitarle a su hijo si ella se atrevía a irse o a hablar con alguien al respecto.

Leonor tuvo la fortuna de contar con algunas amigas muy cercanas que se daban cuenta de todo, y con el apoyo moral de un hermano que estaba preocupado por ella. Finalmente se decidió, se enfrentó a sus miedos, a la vergüenza que le daba aceptar ante su familia que se había equivocado, y pidió ayuda profesional para dejarlo. Lo logró.

En su caso, por fortuna, Rodrigo no cumplió las amenazas –aunque no siempre es el caso-, porque los abusadores suelen intimidar a personas más débiles, a quienes pueden asustar. Pero en el fondo suelen tener mucho miedo y tratan de cubrirlo alardeando lo contrario.

En terapia, Leonor descubrió algo importante que venía sucediendo desde su noviazgo: ella no era sólo una víctima. Había pasado por alto una responsabilidad, la de hacerse cargo de sí misma, la de cuidarse. ¿Por qué te pusiste tú en ese lugar?, le preguntaba su terapeuta. ¿Por qué no corriste a la calle al primer síntoma de que él iba a perder el control, por qué no te refugiaste en casa de una vecina, buscaste una patrulla? Por terror, porque no tenía la autoestima fortalecida, porque estaba acostumbrada a callar.

La violencia no se justifica nunca. Pero es importante notar que hay una corresponsabilidad profunda en ella. Se necesita una mujer dispuesta a soportar la violencia, a no poner límites, para que un hombre violento ejerza el poder y la violencia sobre ella. Leonor hoy lo sabe. Rompió el silencio, no sólo para pedir ayuda en caso necesario, también para hacerle saber a las personas con quienes se relaciona –desde amistades, familiares o pareja- cuáles son sus límites, cuál es el trato que ella espera y está dispuesta a dar. Ya no cruza los dedos para que la respeten, hoy, se respeta tanto a sí misma, que pide ese trato digno y amoroso con firmeza. Y si no lo obtiene, saca sus alas y vuela.

Es tan importante desaprender el camino de la violencia. Y es posible volverlo tan ajeno que nos parezca inaudito. Hay empezar con nosotras mismas. Quitémonos de ese lugar en donde nos lastiman de cualquier manera. Salgamos al sol, y sintamos en la piel la vida, la posibilidad de volar, de ser libres y felices sólo por existir.

Sé que no es fácil romper el silencio, sentirse humillada, juzgada, tonta. Sé que no es sencillo dejar a un lado el orgullo, aceptar que las cosas no van bien y que necesitamos ayuda. Pero es la única forma de salir del infierno. Un infierno innecesario y autoimpuesto. Voluntario. Sí, porque la libertad está en nosotras. Como dice Alejandra Plaza en sus Pensamientos Poderosos, “Eres libre. De hecho eres tan libre que podrías escoger la esclavitud.” Ya la escogiste, y ahora tienes exactamente el mismo poder para dejar de elegirla.

Margarita Núñez, una abuela y sabia curandera maya, canta la siguiente afirmación a manera de mantra que le fortalece el espíritu y la pone feliz: “Soy el poder dentro de mí, soy el amor del sol y la tierra, soy gran espíritu y soy eterna, mi vida está llena de amor y alegría“. También recomienda honrarse, como una manera de recordarse a sí misma lo mucho que vale. Ella dice que tiene una foto suya en su cuarto, y que cada mañana se asegura de que su foto tenga flores frescas como una forma de demostrarse su amor. Honrémonos al recordar que nuestras alas las llevamos puestas, sólo es cuestión de abrirlas y atreverse a volar.

Eres amor, fuerza y sabiduría…. incluso si no te has dado cuenta. ¡Despierta!

1.Belenky, Clinchy, Et. Al. Women’s ways of knowing. Basic Books. Nueva York: 1997, pp. 56-57.
2. Otero, Silvia. El Universal en línea, Secciones, México. 13 de febrero de 2011.
3. Ibidem

Imagen cortesía de Depositphotos


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